Enamorado de WhatsApp

Esta es la historia de WhatsApp y un chico de diecisiete años que tontea con una de dieciséis. El chico se acaba enamorando, pero de alguien que quizás tú no esperabas.

Enamorado de WhatsApp


Typing

Mientras escribía el mensaje que iba a poner un punto de inflexión con Claudia, en la pantalla superior del WhatsApp apareció: Typing. Impaciente y caprichoso como soy, cerré la pantalla y esperé ansiosamente su respuesta. Tenía aquella sensación de querer y no querer mirar su casi inminente respuesta. Sentía como mis pulsaciones se aceleraban a un ritmo de casi ataque cardíaco. Era imposible relajarme y sentía más que nunca una profunda necesidad de contacto físico con mi precioso iPhone.

Llevábamos más de una hora y media hablando por WhatsApp. Con lo que ello implica. Ya me entiendes. Ahora hablar también es teclear letras en una pantalla táctil. Pero uf, es igual. No estaba como para pensar mucho. Sentía cada segundo como si fuera el último de mi vida. Cada latido de mi corazón, cada golpe en el pecho. Pum pum. Pum pum. El cuello latía. El eco de los latidos travesaba mis oídos. Pero los segundos fueron pasando y empezaron a ser unos primeros minutos, con lo que empecé de manera frenética a pulsar el botón de encendido y apagado. Stand by.

Typing

Ansiedad

Finalmente, después de más de cinco interminables minutos, decidí abrir el WhatsApp. Sentí como aparecía una bola de fuego en mi interior. Primero incendió mi barriga, después los riñones hasta completar toda la espalda. La muy cabrona había seguido el mismo razonamiento que yo. Dicho de otra manera, tampoco había enviado su mensaje… Esperando, supongo, que yo enviara mi respuesta.

¿Cómo fui tan idiota de escribir mientras ella estaba escribiendo? ¿Cómo pude ser tan impulsivo dejándome llevar por mi instinto irracional? Siempre igual. Nunca aprendo de mis amigos. En mi cabeza solo escuchaba las palabras de mi amigo Sergio: espérate a que conteste y luego te esperas unos minutos para contestarla. Así te harás el interesante. Pero no pude. Estuve más de un minuto abriendo y cerrando el WhatsApp. Compulsivamente como un loco. Lo hago cada vez que esa voz interior llamada aburrimiento susurra desde el interior de mi zona abdominal. Ansiedad. Ansiedad. Y más ansiedad.

No WhatsApp. No Words.

Sin embargo, estaba dispuesto a abrirme emocionalmente y así lo hice. Volví a escribir el mensaje, decidido a enviarlo costara lo que me costara. Pero estaba tan concentrado en hacer el escrito más bonito de la historia que ni siquiera me había llamado la atención que el botón de enviar estaba con ese color azul gris que tanto odio. Así que encima de que finalmente me había decidido de una vez por todas a enviar el mensaje, ahora no podía. Qué narices. Qué karma. ¿Por qué siempre me pasan estas cosas? ¿Por qué la vida siempre tiene que ir en contra de mi voluntad?

Que sí. Que esta vez realmente quería decirle que la quería, que la amaba, que lo de esa noche bla bla bla. En un acto de valentía, le di al botón de enviar unas quince veces… Por lo menos. Y no enviaba.  Por más tozudo que fuera, el botón de enviar seguía igual de feo. Miré el wi-fi. Abrí el navegador Safari y el muy cabrón iba perfectamente bien. Y también de manera compulsiva como aquel drogadicto que hace lo que haga falta por obtener su dependencia, quité el wi-fi y puse los megas. Y nada. Joder. Que tampoco iba… Así que no me quedó otra que dejar de negarme a lo que era obvio para un chaval de diecisiete años de la generación del noventa y  nueve. WhatsApp didn’t work. Adiós a mi refugio. La aplicación más útil y conflictiva de la humanidad dejaba de funcionar por unos segundos.

Esclavos de WhatsApp

¿Qué hago? 

Que nanai. En mis pensamientos me planteé incluso llamarla . Una, otra y otra vez. Tenía muchas ganas de declararme de una vez por todas, pero la idea de que ella escuchara mi voz me impedía dar el gran paso. Además, ni quisiera imaginar si mi hermano o mi madre me escuchaba. Una avalancha de pensamientos me estaban perturbando mi estado emocional. Va, sí. O no. Que en realidad sí. Pero ay. Que no sé. Que quizá parecería muy necesitado. O un acto de valentía, aunque quizá para ella algo precipitado. La vocecita no paraba y me perturbaba, sin que tuviera la capacidad de detenerla.

Así que ni llamada ni WhatsApp. Pensé en el SMS. Pero me pareció inadecuado, anticuado, desesperado por mi parte y aún más cursi. Lo que más me dolía era que tampoco había tenido el valor de contestar, así que mejor no hacerme muchas ilusiones. ¿Qué me quería decir? Sabía que mañana la vería, pero acercarme a su clase delante de todas sus amigas me daba demasiada vergüenza. Y sin pena ni gloria, con el móvil en mi mano izquierda y el mando de la televisión a la derecha, me quedé dormido en el sofá.

La besó. La sació.

Cuando llegué al mediodía en casa, aún tenía en mente la conversación de ayer. No me quedaba otra. Decidido, abrí el WhatsApp por primera vez desde esa noche de alcohol. Le escribí, temblando, si quería quedar en la puerta a las seis, cuando salía de la clase infernal de química. Después de salir como un zombie de la clase, vi como de lejos aparecía Claudia. Sí. No había duda. Era ella. Nos fuimos acercando, poco a poco. Hasta que un chico apareció detrás de ella, corriendo como un león detrás de su presa. La cogió por detrás y la subió a lo más alto de sus brazos. La besó. Y la sació.

El shock fue tan traumático que me quedé quieto. Sin reaccionar. Pero como veía que su conversación iba para largo, un solo pensamiento atronaba mi cabeza: huye. Por más que me apresuré a disimular, en ese instante sentí un puñal que me atravesaba la boca del estómago. Con los dientes apretados, con las extremidades temblorosas, con los puños cerrados y con los ojos a punto de estallar, contesté para justificarme: «Tengo química. Nos vemos otro día.» Cogí el iPhone y entré en Instagram a ritmo de una vez por segundo. Una y otra vez. Menos mal que estaba él para salvarme.

Mi amiga tapadera

Los días pasaron y jamás volví a abrir una conversación con ella. Sabía que me había encaprichado de alguien que no conocía. Una noche de borrachera y mil minutos de WhatsApp me bastaron para decidir si amaba a alguien. Y yo tan ignorante. Por un momento, pensé qué era eso que se suponía que había tenido con ella. ¿Alcohol y WhatsApp? Dos ingredientes que, juntos, distorsionan y eliminan la esencia de cualquier relación humana.

Para el alcohol hay restricciones de edad. ¿Y qué pasa con WhatsApp? WhatsApp fue mi amiga tapadera. «Déjame a mi. Soy tu escudo. Conmigo no sentirás miedo al rechazo.»

 

 

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