El Despertador de Sistemas

Agradecido

Salí. Y volví a entrar. Así interminables veces. Estaba agradecido por todo lo que había acontecido en cuatro horas. Había pasado de ser un intruso que llegaba tarde a ser un miembro más integrado y aceptado por el sistema. El taller había empezado por la mañana mientras yo abría mi mente y corazón en mi primera clase de interpretación de La Bobina que jamás, jamás olvidaré.

El despertador de sistemas

El Despertador de Sistemas

Abrazos y abrazos. La tarde del taller Despertador de Sistemas había sido un éxito. Había encendido un poco más la luz de mi interior a través de otras personas. Y es que, en realidad, para que uno mismo crezca emocionalmente, necesitas del otro, quien te hace de espejo de tus propias sombras y miedos. 

Estaba muy cansado, pero lleno de vitalidad. Había valido la pena. Me había entregado a la causa. ¿Cómo no iba a hacerlo? El grupo confiaba en los demás. Yo venía como espectador y acabé imbuido por el sistema. Xavi, Antu y todo el grupo contagiaban una energía palpable de vulnerabilidad. Y es que, en realidad, mostrar la vulnerabilidad es el acto de coraje más grande que una persona puede hacer.

«No te fíes ni de tu padre»

Durante el taller, aprendí a confiar en el desconocido… Que, por cierto, atenta contra las reglas básicas que gobiernan las creencias de la mayoría de la sociedad. «No te fíes ni de tu padre». Ajá.

—Poneros por parejas. — Dijeron Xavi y Antu.

—¿A o B? Me da igual, eh. Como quieras. — Dije en un acto de falsa modestia.

—No, no. Como quieras tú. — Dijo ella, devolviéndome la responsabilidad.

—Pues A.

Antifaz

Situación A

Y todos los A nos pusimos el antifaz. Había hecho alguna vez el juego, pero por alguna razón esa vez lo veía algo peligroso. Y… Ay, ay. Que… Que no me empezaba a gustar. Subirlo a Youtube, muy chulo. Pero eso de poder ser yo el protagonista me incomodaba algo más que un poquito.  Así que, entre risas, le hice jurar que me cuidara y me dejara como empecé. En plan broma, eh. Y… en plan en serio, también.

Yo empezaba a sentir golpes, chillidos, ¡cuidados! y demás. Pero me conducía bien. Muy bien. Transmitía seguridad. Con ella no me va a pasar nada. Incluso empezaba a sentir que estaba tan bien respaldado que las exigencias de Antu para incrementar la velocidad me parecían menos intolerables. Ella seguía callada y me guiaba. Y yo la mar de contento.

Me conecto con su confianza y seguridad

Pero el juego estaba a punto de complicarse. Ahora ella solo podía tocarme con una mano en la espalda. Ahora yo había de tomar la iniciativa. Y me lo pensé. Vaya si me lo pensé. Pero persistí. Y confié a pesar de no querer comerme la pared con los dientes para seguidamente caer encima de cualquier silla y finalmente ser premiado como el gran recordado de la tarde. O eso pensaba. Y más velocidad. Y más hostias. Ay. Ay. Y ante tal tensión, seguía sin sufrir ningún daño. Ni siquiera colateral. Y empecé a confiar de verdad. Oye, qué grande era esa mujer. Tenía una buena vigilante de seguridad. Nadie me iba a tocar mientras su mano estuviera allí, en mi espalda, preparada.

Cuanto menos me aferraba a la seguridad, más confianza tenía y más libre me sentía.

RICARD IGLESIAS

Pero la cosa se puso fea. Porque el último nivel ya era demasiado top. Sin manos. Solo un golpecito si ella consideraba que iba a estrellarme. Y nada más. Dudaba tanto de cada paso que daba que parecía que estuviera a punto de caerme por falta de equilibrio. Antu, por enésima vez. « ¡Más rápido!». Y ella, en silencio respetando mi velocidad de camino. Y ese respeto y esa confianza que me había transmitido durante el transcurso del juego me inspiró a ir más allá de mis propias cadenas mentales. Así que empecé a caminar más rápido, y bien. Más confianza. Y más libertad dentro de mí. Empezaba a tener algún pequeño contacto con otras personas, pero eso no impedía que siguiera con confianza.

Para confiar en los demás necesito primero cultivar mi propia autoestima.

RICARD IGLESIAS

Situación B

Me quité el antifaz. Y solo pude mirarla con agradecimiento. Había sido capaz de confiar en ella. Solo tocándome cuando era necesario, había activado mi propia confianza. Mujer de pocas palabras. Y no las necesita. Menos hablar y más actuar, pensé.

La situación cambiaba. Ahora yo era el responsable de ella. Y nada más empezar, la vocecita volvió: «Tienes que estar a la altura. Más te vale no defraudarla. Como no seas capaz de demostrarle lo que te ha dado, madre mía. Más te vale.» Y así fue como empecé a presionarme bajo el sistema de creencias del miedo a ser mediocre, insuficiente e inferior a ella. Y mi cuerpo cambió a un estado de alerta controlando todo. Todo todito. No muy deprisa. Y Antu… Otra vez. «¡Más rápido!».

Tengo miedo de fracasar

El juego evolucionaba igual que antes pero yo le impedía seguir su propio camino. Estaba tan miedoso de fracasar que impedía su propio éxito. Aunque su percepción era que confiaba en mí, para nada yo le inspiraba eso. Seguía vetándole el camino cada vez que algo se acercaba. Ella reía con tantos toques en la espalda que casi se resignaba a caminar. Y otra vez, Antu, ya a mi lado, gritaba:  « ¡Más rápido!». Frustrado, empecé a soltarla con la esperanza de dejarme yo mismo en paz.

El juego acabó y reíamos explicando anécdotas graciosas que pasaron durante el juego. Pero en mi consciencia sabía que algo no había hecho bien del todo. Hasta que en la parte final del taller, después de detenerme a reflexionar, me di cuenta de la presión asfixiante para ser perfecto, sin permitirme fallar ni una sola vez.

“Aquello que no eres capaz de aceptar es la única causa de tu sufrimiento”.

GERARDO SCHMEDLING

Un poco más consciente de mi vocecita

Había entendido por primera vez la gran diferencia entre la auténtica disciplina y la presión voraz. La primera consiste en conectarte con tus valores más grandes, permitiéndome ser la mejor versión de ti mismo a largo plazo, permitiéndome fallar, pero siempre inspirándome a intentarlo otra vez. En cambio, la presión voraz me conectaba con el miedo a perder, con la obligación de cumplir expectativas: «Tengo que hacerlo bien. Tengo que ser igual que ella. No puedo fallar.» Los resultados de la disciplina, clarísimos: aceptación, serenidad, claridad, enfoque, crítica constructiva, alegría y conexión. Los resultados de la presión, también: rechazo, malestar, estrés, ansiedad, crítica destructiva y sobre todo miedo.

Después de todo, solo puedo agradecer a todos los que tuvimos la oportunidad de estar allí. Gracias.

Os dejo el link. Toda la magia la podéis encontrar aquí: https://impulsandopotenciales.com/

 

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